Un espacio arte

No puede ser un espacio atado a la convención. No puede ser un espacio de institucionalización del arte. Definitivamente es un espacio para la conspiración del arte, en el que toda su puesta en escena esté concebida, preparada y dispuesta para el hacer artístico. Que incluso, los lugares de convivencia común y cotidiana, incluso la cocina o el baño, sean lugares donde habita el arte y, por tanto, los artistas.

Es necesario el replanteo de la idea estética del espacio en el que habita un artista y, de manera inequívoca, también deberá replantearse su funcionalidad. Todo edificio está diseñado de acuerdo a esos dos principios que son indivisibles: Función y Estética. Todos los edificios dispuestos para las artes tienen la misma configuración y se organizan para la atención para el público y para la exhibición. El primer espacio al que se ingresa pareciera el área de informaciones de cualquier institución pública, en el que uno debe PROBAR su legitimidad como ciudadano y después adquirir el ticket, pase, o boleto que le permitan habitar el lugar y ser parte de lo que en dicho edificio ha de suceder. Un área de cafetería, no para darle comodidad al público sino para tener otra posibilidad de ventas, un espacio para la espera sin ninguna identidad y una sala tan tradicional en la que sólo se pueden realizar horas cívicas.

El arte ha dejado de tener función para convertirse en mercancía por sí sola. Pero el arte es sobretodo creación. Es el acto más primario: la transformación de la cosa para convertirla en otra. Un espacio de arte, para el arte, un espacio arte deberá ser un acto creativo permanente y, en consecuencia, no estático. Sus espacios deberán ser susceptibles a la transformación permanente,  nada será dispuesto “para siempre”. No existe la inmutabilidad en el acto creativo. Y así también cada espacio contendrá lo necesario para lo que “se tenga que hacer” sin ser ese el único lugar posible.

Un espacio arte contempla al visitante y al habitante y debería contenerlos por igual. La puesta en escena deberá preparar al visitante para una experiencia creadora y deberá entender el acto permanente del artista. Este espacio deberá cumplir con el acto primario: transformar su propio entorno. El que habite, aunque sea por instantes deberá ser capaz de tal transformación y el entorno ser susceptible a ella.

Ese espacio es un espacio vivo en el que lo constante es la transformación. La casa eterna es destruida permanentemente. Lo único inmutable que contiene es el diario acto creativo.

A su manera del arte

No nos importan los resultados. No nos importa el final del camino. Nos importan los pasos, la manera de esos pasos. La manera está dictaminada por nuestras súper-estructuras y, casi siempre inconscientemente, las reproducimos. Nuestra manera deberá revelarse y enraizarse en la experiencia viva.

Dicen que no hay nada nuevo en el horizonte y sin embargo, todo lo es. La novedad como transformación y la producción de novedad como acto permanente de subversión. Nuestra manera es nuestra disposición recursiva a la transformación de la perspectiva, de nuestra propia visión. Por tanto negamos  la reproducción de las estructuras que nos rodean y en cambio perseguimos, en intento constante, nuestro propio horizonte, nuestra propia utopía de acuerdo a nuestra propia experiencia.

Nuestra manera no es de derechos de autor. Como diría nuestro pasamontañas rebelde: “para nosotros nada, para todos todo”. Lo que se pueda generar, crear, en este espacio es para ser compartido y es ofrecido para su propia transformación. Es motivo de crecimiento, de relación, de encuentro. La autoría no es emblema es apenas medio. Lo que pasa en este espacio, nos atraviesa de ida y vuelta y nos permite el descubrimiento.

Nuestra manera es la del amor libre por el otro. Ensayar el uso de los zapatos del otro. La vocación de servicio no es otra cosa que hacer que la causa justa del otro sea la causa propia y, en definitiva, convertirnos en medio promotor de dicha causa. No se trata de la dictadura del compromiso sino de que éste es inherente en la comunión con la causa ajena. Y si hay amor, hay respeto. La mirada de igual a igual, de semejante a semejante, la mirada sin jerarquías pero con singularidad. El otro se convierte en espejo que muestra nuestra propia identidad.

Nuestra manera es la renuncia a la verdad absoluta. La negación del símbolo único, de la imagen individual a comercializar. Nos acogemos al acto colectivo de la creación, en lo latente y en lo patente, con los presentes y con los que ya no están, con los propios y los ajenos, con lo que es propio y lo que no.

Nuestra manera es un espacio sin miedo. Las barreras deben caer, los límites deben ser traspasados. La libre expresión deja de ser pedido de derecho para convertirse en acción. Un gesto cotidiano, un gesto de trabajo personal diario. La labor diaria es la generadora de nuestras ideas y todas ellas deberán ser escuchadas prevaleciendo sobre el discurso armado, sobre la palabra incansable que intenta acaparar la razón.

Tareas y no objetivos

No se puede esperar que el arte se construya para el cumplimiento de objetivos mayores, o tal vez más sociales. En ese caso el arte se vuelve vehículo de la institución por más social que fuere. Y el bienestar social, máscara del control, nos apacigua y nos direcciona, nos “orienta” para el mantenimiento de una visión burguesa de la vida y, por tanto, del arte. Pero como artistas existen tareas obligatorias hacia el otro, hacia lo otro.

Generación, producción, resultantes del hacer nuestro oficio. Producir arte es nuestra tarea principal, es el hecho necesario para la materialización de nuestra identidad, de la razón de ser de este espacio.

Pero el producir no es un proceso unívoco, solitario y aislado, son procesos múltiples, que están conectados entre sí y dependen unos de los otros para poder convertirse en el hecho artístico. El proceso de creación es al mismo tiempo un proceso de transmisión de conocimiento, un compartir saberes que forma a los hacedores. Y eso nos remite a fuentes antiguas que hay que explorar, redescubrir, otras fuentes que puedan estar en nuestro tiempo, en nuestro alrededor, este bagaje será la sustancia del trabajo, del oficio. Estos procesos paralelos son prácticos, son teóricos, son comportamientos, son a la vez creativos. Se hace evidente pensar que estos procesos estarán acompañados de procesos de socialización, acompañantes necesarios de toda creación.

La provocación es tarea urgente. Una labor endógena que se proyecta hacia al exterior y que repercute hacia el mismo interior en la que ha sido generada. Un “ida y vuelta” que debe generar reacción, resistencia y crisis. Caótico, destartalado en apariencia, con la intención rebelde de manera continua.

La colaboración es tarea diaria. La conciencia de que solos no podemos hacer nada debe, no sólo ser un refrán, deberá convertirse en parte de un accionar, el fondo de toda actividad. Mirar el alrededor es el inicio de toda intervención a comenzar y también será el gesto al terminar.

Este espacio contiene un entramado de labores y de procesos que cruzados, paralelos, perpendiculares, logran conformar un oficio que lo habita y lo hace habitable, que lo proyecta y afecta otras experiencias. En definitiva, no es para un “nosotros”, es más para un “todos”. Tal vez la labor más difícil, la de emanar, de irradiar, sea la que nos plantea los retos constantes y nos provoca el seguir caminando.

 

Antonio Peredo Gonzales

La Paz, Junio 2019

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